•Campito
un poema de Abraham Kleinman
Siempre soñé con tener un campito,
un campito con vacas y algunos conejos,
con plantaciones de coca para prevenir el mareo
y una fábrica de paraguas por si llovieran sapos.
Estuve ahorrando un tiempo y cuento los días con impaciencia.
Mi única meta en la vida es comprarme el campito de mis sueños.
No pego un ojo pensando en que lo tengo que tener.
Mi avidez campestre se está convirtiendo en una enfermedad.
En mis sueños me veo a mi mismo mugiendo,
invadido por una alegría desconocida.
Es extraordinario lo que puede un poco de aire libre.
Yo, que balo todo el día, sumido en una melancolía más bien ovina,
me siento ligero y con ganas de cantar,
como un Gene Kelly empapado por ríos de leche,
náufrago de mí mismo, hundido en mi naturaleza animal.
Esto es lo que soy y es lo que siempre quise ser,
como cuando me trepaba a los árboles siendo un chico,
inconciente de mi desconocida gravidez.
Tanto porrazo me dejó marcado. Para siempre.
No hay mayor alegría que esa.
No hay mayor aprendizaje.
Caerse y volver a levantarse,
como una vaca envestida por mil toros.
mi mamá muge mientras me mima
más me mima menos me meo
monigotadas muchas
merezco mimos
No falta mucho para que me lo compre.
Es que no me lo puedo sacar de la cabeza.
Mi campito. Todo azul y blanco.
Todo lleno de confites. De chocolate Milka.
Mi campito de vacas violetas y blancas
con sus ubres que sólo dan chocolate,
chocolate caliente para más datos,
para entonar la garganta como Gene Kelly,
no vaya uno a quedarse mudo en medio de la fiesta.
Me imagino ordeñando a una de mis muchas vaquitas.
Me imagino la coz en la cabeza.
Sería bonito morir así, como un verdadero gaucho.
No un Gene Kelly del cielo -cielito azul y blanco,
con nubecitas azules y el fondo blanco,
para cambiar un poco,
que no me gustan las cosas trilladas-,
no un Gene Kelly, no,
sino un Rodolfo Valentino, un american guey gaucho,
con un buen matungo al que montar,
para demostrarle a las chinas mi hombría
y mi recién adquirida ligereza.
Porque chinas no van a faltar;
eso es lo que sobra.
Siempre hay una trenza de la que colgarse.
No hay nada más relajado que hamacarse de las trenzas de una china.
Y así patrón, así estanciero, dueño de mis chinas y mi rebaño,
voy a ser el hombre más feliz sobre la tierra,
que conste.
Después no quiero reclamos.
Cuando los vecinos se harten de mis balidos,
que se le vayan a quejar al mismo Dios.
Tags: poesía, sueño, delirio místico